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Por: Isaac Goldemberg y
Eduardo González Viaña
¿Hasta dónde nos acompaña la
tierra natal cuando vivimos lejos? ¿En qué momento
se nos olvidan el pueblo, la iglesia, el reloj público, nuestra
gente?. Y si somos escritores o artistas, ¿qué importancia
tiene el lar natal en lo que hacemos aquí en la distancia?
El escritor y yo compartimos el pueblo de nacimiento, Chepén,
en el valle del río Jequetepeque, del departamento de La
Libertad, Perú.
ISAAC:
Lo que yo más recuerdo de Chepén es su atmósfera
ritual, esa mezcla de paganismo y catolicismo, casi como si
se tratara de un pueblo medieval y que lo convertía
en una especie de pequeño "teatro del mundo".
La vida del pueblo la recuerdo como una cadena de procesiones,
entierros, ferias, nacimientos, fiestas carnavalescas en la
cual los habitantes del pueblo éramos actores y espectadores
al mismo tiempo. Pienso que de esa experiencia nació
mi preferencia por el tipo de literatura que celebra las alegrías
y se duele de los pesares de la existencia humana. De una
literatura como experiencia colectiva, como expresión
del pensar y el sentir de una comunidad y de un pueblo. Y
esto es precisamente lo que siempre he intentado reflejar
prácticamente en todo lo que he escrito, sea en poesía
o en narrativa. Y sin el temor de que se me considere un escritor
provinciano, porque ¿no fue Tolstoi quien dijo escribe
sobre tu aldea si quieres ser universal? |
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I |
EDUARDO:
Cada persona en el mundo tiene un cerro, un río,
un árbol. En el desierto del norte peruano donde nací
yo, apenas pude hacerme compadre de un cerro. El cerro de
Chepén. Creo que desde chico, estuve recibiendo sus
mensajes y su fuerza. Aun ahora, a diez mil kilómetros
al norte, lo siento, lo escucho. Es como si hablara conmigo
en medio de mis sueños. Desdichados aquellos que en
vez de un cerro, una lagartija, una montaña abrupta,
un río tormentoso o un desierto, tienen un supermercado
y la vista de mil edificios feos. Les debo a Chepén
y a toda la entonces provincia de Pacasmayo, bañada
por el río Jequetepeque, unos inmensos poderes que
se me hacen presentes cuando me siento solo. Si no hubiera
sido así, no habría tenido un abuelo que leía
conmigo La Divina Comedia en italiano y me enseñaba
a manejar pistola para dispararle a los fantasmas que me asustaban
en mis sueños. |
ISAAC:
El cerro, el desierto y la acequia: fácilmente
podría ser el título para una novela o para
una historia de Chepén, porque son espacios emblemáticos
de nuestro pueblo. Y el algarrobo: ésos son los elementos
naturales que más han perdurado en mi memoria desde
los ocho años, que es cuando me voy a vivir a Lima.
Ya en la capital y luego en las otras ciudades donde me ha
tocado vivir, esos elementos también han poblado mis
sueños y, por esas casualidades maravillosas que tiene
la vida, de niño me sirvieron de referente para vivir
más de cerca y con mayor intensidad todos aquellos
paisajes que invadieron mi imaginación como parte de
mi cultura judía. Entonces el cerro de Chepén
se convirtió en el monte Sinaí, la acequia en
el río Jordán y el desierto chepenano en el
desierto de la Judea bíblica. Y curiosamente, así,
entremezclados, aparecen estos paisajes en mis historias y
en mis poemas. La verdad es que me hubiese sido mucho más
difícil sentir a plenitud el paisaje del Israel bíblico
-e incluso del Israel moderno- sino hubiese tenido contacto
con el paisaje de Chepén, porque para mí Chepén
es como un pueblo sacado de la Biblia. |
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EDUARDO:
Como a todos los paraísos, a la gente que vive en ellos
le llega la hora de éxodo que, en un país centralista
como el Perú, conduce a Lima y al infierno. Lima significa
para muchos nadificarse y mimetizarse con los habitantes de
la provincia de Lima. Hay que olvidar la campana de la iglesia,
el sabor del pan de la plaza nueva, la alegría de la
lluvia el día de San Sebastián, o los bostezos
del mar en la playa de Pacasmayo. Hay que hablar con el acento
y el dialecto limense. Hay que ser nada y nadie. A muchos,
sin embargo, la provincia de Lima no nos llegó a convencer
y nos empecinamos en seguir siendo gente de nuestra tierra.
Debe ser por eso que cuando nos conocimos en Nueva York, en
una reunión de personas que hablaban inglés,
me dije "este compadre tiene cara de chepenano",
y terminamos hablando en el idiolecto de Chepén como
hacen cuando se encuentran los emigrados de una secta secreta
o de una tribu perdida. |
ISAAC:
A mí también me resultó difícil
adaptarme a Lima. Los dos primeros años me los pasé
buscando situaciones y parajes que me recordaran a Chepén.
Me iba a caminar por los descampados o me gustaba sentarme
o recostarme sobre la grama de parques y plazuelas, igual
como hacen hoy en día los provincianos recién
llegados a la capital. También tenía unos amigos
mayores que yo que les gustaba cazar tórtolas y pichones
con sus escopetas de perdigones y entonces yo los acompañaba
al bosque Matamula o a esos descampados que había en
Breña. El primer año viví en Jesús
María, a espaldas del Hospital del Empleado, que estaba
en plena construcción. Mi casa quedaba en Comandante
Lizardo Montero y había un pequeño canal de
desagüe que corría justo al cruzar la calle. Entonces
todas las tardes después del colegio yo me sentaba
a la orilla de ese canal a ver correr el agua o a pescar recuerdos,
imaginándome que estaba en la acequia de Chepén.
Ya de más grande, cuando vivía en el centro,
me gustaba frecuentar los callejones del Rímac o de
los Barrios Altos porque la vida en esos lugares se parecía
a la de Chepén: la gente era sencilla, todos se conocían
y había una confianza tal que nadie cerraba la puerta
de su casa durante el día. Otra cosa que me atraía
de los callejones eran las jaranas criollas porque en ese
ambiente me sentía transportado a las jaranas que se
hacían en Chepén. |
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EDUARDO:
Como Isaac lo ha contado, esta historia no termina en Chepén,
ni mucho menos en Lima. Me da miedo que los habitantes de
los centenares de chepenes del Perú se aneanticen,
se conviertan en nada al llegar a la provincia de Lima y comiencen
a hablar en el dialecto de allí. Si eso ocurre, el
Perú de carne y hueso va a morir. Nosotros, los que
venimos de los centenares de chepenes y no hemos perdido ni
el rostro ni la voz tenemos voz suficiente para ser la voz
del Perú. Aquella que desde lejos nos sigue dictando
nuestro cerro. Bien se escriba, piense o recuerde la vida
sobre las montañas o en sus faldas, quien no pierde
el alma hace literatura andina. Y nuestra tierra nos persigue
todo el tiempo. Debe ser por eso que, cuando recorro los cotidianos
20 kilómetros desde mi casa hasta el campus de la universidad,
mi carro se alza sobre alguna cordillera de las Cascadas y
se hunde de súbito junto a una laguna para después
recorrer la margen derecha del río Willamette, y yo
me digo: "He salido de Pacasmayo y ya he pasado San José.
Poco me debe faltar para llegar a Guadalupe y a Chepén.
Este río de al lado debe ser el río Jequetepeque."
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